Texto: Diego R. Segura | Ilustración: Del Hambre

La etimología de la palabra ‘bárbaro’ —le escuché decir a Juan Luis Arsuaga— es onomatopéyica, peyorativa. Los griegos, sospechosos habituales en la siembra semántica, desmerecían a los pueblos extranjeros y a su idioma llamándolos así, bárbaros. Esta relación establecida me lleva a pensar que la condición de bárbaro, de buen salvaje es, en realidad, la manera más aséptica de igualarnos. Todos somos bárbaros para todos.
El campo de la opinión es ante todo bárbaro, como bárbaros son —somos— los que la prodigamos en textos, ascensores, en la barra de un bar o mientras se reparten las cartas. Bárbaro es defender las ideas y fetiches de la víscera. El deporte, si algo tiene, es medición, datos. Este equipo anotó más puntos que el otro, este atleta saltó más alto, fue más rápido, preciso o fuerte y, por lo tanto, suyo es el oro y no la plata, el bronce o el ostracismo. No obstante, si algo se ha demostrado desde la barrera del espectador es que, igual que el agua tiene memoria, la confrontación vuelve a sus caminos naturales, verbales. Las centésimas de segundo y los milímetros son diques de contención, pero nunca una meta ni mucho menos un freno para la palabra. El periodismo deportivo tiende, irremediablemente, a la barbarie en el peor —o simplemente menos preciso— de los sentidos. La bufanda ahoga el argumento, la ignorancia corrompe la vocación y la diversidad sucumbe a un cuello de botella, cada vez más estrecho, del que solo beben los que entienden su opinión como un bien de mercado. Bárbaros, bárbaros, bárbaros.
Ponemos, a modo de prolegómeno, estas líneas que atacan el concepto de la columna en su esencia más arquitectónica, como un pilar para definir el estilo del buen salvaje. Chapman, a partir de ahora, si acaso no lo ha sido siempre, será el espacio donde el deporte siempre vaya unos pasos por delante de las centésimas y de los milímetros. Porque detrás de un récord hay cansancio, frustración y miedo; porque detrás del balón siempre corre el mismo, y porque detrás de la información hay una sensibilidad. Igual, en unos años, nos enorgullecemos de ser bárbaros y de hablar un idioma inteligible para la bufanda, mientras tanto, bienvenidos y bienvenidas a una arista más que este medio diseña para contar las historias que no se escuchan y, las que sí, desde otro punto de vista porque, como buenos bárbaros, nos limitamos a contar, escuchar, ver.
