Me acordaré siempre de la primera vez que me puse un judogi. Sí, un judogi. No un «kimono». Un judogi. Tenía cinco años, era 2007 y yo solo quería hacer baloncesto. Pero aparecieron Óscar y Álvaro —mis primeros senseis— para enseñarme lo que era el Judo. Un judo, el español, que ha conseguido, por primera vez desde los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 una medalla olímpica. Se dice pronto.
Fue la alicantina Isabel Fernández la que, en -57 kg, consiguió hacerse con un oro histórico para el país, y que pensábamos que podía ser fruto de más cosechas olímpicas. Nada más lejos de la realidad, la única presea que se ha conseguido desde entonces es el reluciente bronce —esperado a la par que histórico— de Fran Garrigós en -60 kg en estos juegos de París. Unos juegos que, personalmente, me han dejado un sabor de boca poco agradable respecto al Judo. Quizá será porque conozco perfectamente lo que sufren estos deportistas para llegar al ciclo olímpico intactos y sin ningún contratiempo, lejos del pensamiento colectivo que grita que los judokas españoles podrían haber hecho más, que podrían haberse dejado más el alma en el tatami.
La de Fran Garrigós (bronce, -60kg) es la primera medalla del judo español en los Juegos Olímpicos desde Sydney 2000, donde Isabel Fernández consiguió el bronce en -57kg

Quizá también será mi ignorancia supina la que me hace desconfiar de estas opiniones, o al revés, al sentir lo que significa que el árbitro grite «Hajime» y tengas que dejar todo para tirar a tu rival antes de que te tire a ti, pienso de esta manera. Me retrotraigo siempre a la supuesta mejor generación del judo español: cómo no, la de Barcelona ’92. Almudena Muñoz y Miriam Blasco fueron las primeras medallistas de oro femeninas en la historia de España en unos Juegos Olímpicos de Verano. Dos oros, vale, inigualable por el momento, ¿pero nos hemos parado a pensar que, realmente, el tener a cinco judokas peleando por medallas en todas las categorías no es mejor?
Nadie puede negar la gran competición que hizo Laura Martínez en -48, o la gran aparición de Tristani «Tato» Mosakhishvili en -90, o lo esperado de una gran judoka como Ai Tsunoda en -70. No han sido medalla, no, no han conseguido tocar metal. Ni siquiera lo pudo conseguir el buque insignia de la selección, Nikoloz Sherazadishvili, en -100, aunque derrotara por el camino en la lucha por el bronce al vigente campeón olímpico, el japonés Aaron Wolf. Ninguno pudo llegar a la marca de Garrigós en estos juegos olímpicos. Pero, vamos a pararnos a pensar un momento. ¿Cuándo en nuestra historia como judokas hemos estado tan cerca de tocar tanto metal y convertirnos así en la mejor generación de la historia de España? Nunca. Quizá porque, de verdad, tenemos la mejor generación de judokas de la historia de España.
El sábado olímpico estaba guionizado. Todo seguidor, en mayor o menor profundidad, del judo amaneció a la espera del desenlace de las eliminatorias por equipo mixto para ver la predecible -y eventualmente cierta- final: Japón, cuna del judo, frente a Francia, potencia mundial y anfitriona de los Juegos. Los pasos hasta el duelo por el oro fueron meros trámites para los locales, así como lo fueron para los nipones. Bueno, todos menos uno. España.
Después de asestar un 4-0 al Equipo Olímpico de Refugiados en la primera ronda, los seis judokas españoles se encontraron con el mayor de los obstáculos imaginables en los cuartos, Japón, con la única ventaja que tiene todo no-favorito: no tener nada que perder. Ariane Toro postergó con un waza-ari en el primer cruce (femenino, -57kg) la alegría de Uta Abe, que en la prueba individual sufrió una sorpredente eliminación por la que acabó llorando por los pasillos del Champ de Mars, hasta el último segundo; pero no pudo evitar el primer punto de los asiáticos. La respuesta española fue instantánea: Salvador Cases necesitó tan solo 50 segundos para tumbar a Hashimoto (-73kg masculino) y empatar la contienda. El tercer combate, en la categoría más desigualada para los intereses de España, Miku Takaichi inmovilizó a Cristina Cabaña para el 2-1.
El -90kg masculino, con «Tato» a los mandos, supuso el tercer golpe para los nipones gracias a la limpieza de Sanshiro Murao, que logró el primer punto al segundo minuto y se mantuvo limpio con tan solo una penalización hasta el sonido del gong. Con 3-1 para Japón, España ya no tenía margen de error: perder un combate es ser eliminado. Y habría que ganar tres para pasar a los cuartos de final. En el combate más largo de la serie, Ai Tsunoda (+70kg fem.) ganó por tres shidos a Rika Takayama para mantener vivo el sueño nacional.

En el último enfrentamiento, una tarea titánica para la estrella: Niko Shera. Ante él, el gigante Tatsuru Saito, que compite un peso por encima en lo individual (+100kg), pero que comparte categoría con él cuando hablamos de equipos. Con un harai-goshi que ya es historia del judo español, Niko tumbó sobre el costado a Saito y se anotó el waza-ari decisivo que saldó una hazaña indescriptible. España forzó un séptimo combate de desempate frente a la favorita al oro (junto a Francia). La ruleta de sorteo de pesos del estadio, a la que toda Francia miró esperanzada por la posibilidad de la sorpresa de sus vecinos, no nos sonrió: Cristina Cabaña (-70kg femenino) se jugaría el pase al golden score contra Miku Takaichi. Un barrido kosoto-gari de la nipona terminó con el sueño de España. Japón, a cuartos por 4-3.
Desde entonces, Japón solo perdió un combate hasta la final. En la lucha por el oro, todo lo que vino a su favor frente a España les escupió en la cara y la ruleta del desempate cayó en el +90kg masculino, feudo de Teddy Riner. El francés selló con lacra dorada su palmarés como el mejor judoka de la historia al conseguir, ante París, el oro por equipos para Francia; y ante Japón. Nunca sabremos poner en la escala que merece la proeza del equipo español en esos octavos porque, a los ojos del deporte español, simplemente no hay medalla. Por no haber, no hubo ni diploma olímpico. Pero, vamos a pararnos a pensar un momento, de nuevo. ¿Cuándo en nuestra historia como judokas hemos estado tan, tan cerca de ganar a los mejores del mundo? Nunca. Quizá porque, de verdad, tenemos la mejor generación de judokas de la historia de España.
Y no creo que la estemos desaprovechando. Decía un conocido mío que «tocar metal es el éxito, pero si no lo tocas, no eres nadie». Para mí, visto lo visto en el Judo, esta afirmación es errónea. Estos judokas son alguien, y alguien a tener muy en cuenta. Estos y estas judokas, aunque sin tocar metal, han demostrado ser capaces de luchar por todo contra los mejores y las mejores del mundo, sea en Grand Slams, en Mundiales, o en Juegos Olímpicos.
Rompiendo la maldición que nos separaba del metal desde Atenas 2004, se acaba la andadura española en el Judo. Nos volvemos con la cabeza bien alta de París. Sin todo el metal que nos gustaría, pero con la certeza de que, claramente, puede llegar. El combate en Francia llega a su fin, al igual que se pone fin a 24 años sin laureles en el tatami para España. «Mate, Sore Made».
Texto de José Adrián Sanabria (y crónica de equipos de Álvaro García)

